Primero fue uno más que alzó la voz frente a la mirada ridícula del gobierno, acompañado por el apoyo del pueblo de Uruapan. Y digo pueblo refiriéndome a la gente, no a las casas ni al Gobierno del Estado, donde los funcionarios fingen cuidar mientras permiten la extorsión.

Bukele, presidente de El Salvador, envió sus condolencias al enterarse del asesinato. Días antes, el michoacano había solicitado protección al gobierno estatal, a Claudia Sheinbaum y a Harchuf, pues temía por su vida. No quería convertirse en un presidente muerto por defender a su pueblo, no al gobierno de México.

Ya era llamado el “Bukele mexicano”. Se levantó para enfrentar a policías corruptos y a los cobradores de piso que hostigan a limoneros y aguacateros. Lo aprendió de su padre, quien tampoco aceptó ser esclavo de las bandas delincuenciales.

El 15 de noviembre se convocó a quienes simpatizan con el movimiento, a quienes creen que debemos vivir sin cobro de piso, frente a la mirada nefasta de un gobierno que en siete años no ha mejorado nada.

El día de su ejecución, coincidiendo con el Día de las Velas (o de los Muertos), su cuerpo al caer encendió el coraje de los ciudadanos que no trabajan para el gobierno. Ellos deben permanecer callados o son despedidos. Pero las redes sociales se convirtieron en una carretera de comunicación, inundada de comentarios y lágrimas por ver caer a un líder, mientras una presidenta permanecía indiferente ante sus súplicas de ayuda.

El problema es complejo, pero corresponde resolverlo al gobierno en turno, no a los anteriores. Y si no pueden, al menos que no dividan al pueblo extorsionado, que no sufre solo en Michoacán, sino también en Puebla, Chiapas, Ciudad de México, Jalisco, Baja California, Ensenada, Tecate y Tijuana.

Todos quieren seguir los pasos de Manzo, de este hombre de Uruapan, de una familia de convicciones.

En Estados Unidos, la bandera ondeó a media asta en duelo por un alcalde asesinado.

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